jueves, 14 de octubre de 2010

A punto de abordar...

Los aeropuertos son uno de los lugares a los que más me gusta ir, y al mismo tiempo odio ir al aeropuerto. Los aeropuertos son lugares a donde llegamos llenos de ilusión, con deseos de aventura y esperando encontrar los nuevos mundos con los que soñábamos. Toda esa emoción se acumula y sentimos que no cabemos, porque nos vamos ¡de vacaciones! Así me he sentido yo tantas veces, y mientras más lejos el lugar, y mientras más extraño y diferente sea para mí, mejor. Muchas de las historias de esos viajes ya las he compartido o compartiré en futuras entradas; otras las guardo con celo en mi memoria.

Pero los aeropuertos también tienen su lado triste, el de las despedidas. Y estas en sí pueden ser complicadas por la combinación de sentimientos que se desatan. He sido muchas veces la que se queda, y he sentido ese vacío tan difícil de explicar cuando parte el avión y nosotros seguimos tocando tierra. Sentimos alegría por el que se ha ido, si va de vacaciones, y tristeza si se ha ido para siempre o por mucho tiempo. También he estado en la posición del que se va. He experimentado la emoción del viaje, si es de vacaciones, y al mismo tiempo tristeza por dejar a mi familia y amistades cuando la partida es larga - porque yo nunca me iré para siempre, eso lo tengo claro. En ese ir y venir, viajar y ver viajar se complica la manera como nos sentimos cuando entramos al terminal. Pero quizás lo más difícil de viajar, especialmente si viajas solo o sola, es el tiempo de espera cuando tienes que hacer escala. Es como llegar a un limbo, donde no hay ninguna emoción, ni buena ni mala, y no sabes cómo relacionarte con tu entorno. Es como estar perdido.

Una de las peores experiencias la pasé hace varios años cuando regresaba de un viaje (de trabajo) a Michigan. Era temporada navideña y me tocó hacer escala en Detroit. Por inclemencias del tiempo el avión que venía a “recogernos” estaba retrasado y las expectativas eran esperar más de 3 horas en el terminal. No tenía mi computadora conmigo, así que decidí llamar a alguien por teléfono para matar el tiempo. El teléfono casi sin batería y el cargador en la maleta a la que no tenía acceso porque la había enviado directamente a mi destino final, NYC. ¡Que sensación tan terrible de sentirte que no estás en ninguna parte! Gracias a mi hermana que habló conmigo el tiempo que tuve mi teléfono “vivo”. El resto del tiempo me la pasé viendo la gente pasar, y desarrollando un creciente estado de pánico al ver la cantidad de niños que esperaban el mismo vuelo que yo. Eran como 30 de entre 10-12 años y sólo 3 maestras. De más está decir que la experiencia fue terrible.

Pero no siempre me ha tocado esperar sola. En otra ocasión, me tocaron 4 horas de conexión en ciudad de Panamá de camino hacia Colombia. ¡La primera y última vez que viajo con Copa Airlines! Y es que aquello sí era la guagua aérea, parando en cada aeropuerto a recoger gente. Al menos iba con mi amiga Marta y con Santa, un amigo de ella que en realidad se llama Santander. Y a ese chico sí que se la hicieron buena, porque le llegó la maleta abierta y su ropa rodaba por todos lados. Ay bendito, no me quiero ni acordar.

Una experiencia que comenzó mala y que al final tuvo un final feliz, fue un viaje de regreso desde Londres a NYC. Recuerdo que, como se nos ha hecho costumbre a Altin y a mi últimamente, íbamos tarde en tren - The Tube como le llaman allá - de camino hacia el aeropuerto Heathrow. Y para colmo estaba lloviendo. La cosa no se veía bien. Cuando llegamos a hacer check-in nos preguntaron si queríamos ser voluntarios y quedarnos dos horas más ya que el vuelo estaba sobrevendido. Ni cortos ni perezosos dijimos que sí, ¿qué más da si ya íbamos tarde y las probabilidades de subir a tiempo al avión eran mínimas? Entre un regateo y otro terminamos esperando seis horas, pero nos pagaron $800 c/u. Nada mal. El tiempo lo pasamos en las tiendas del aeropuerto, comiendo con el cupón que también nos dieron. Y que bueno que no nos pasó en JFK porque ahí sí que no hay nada que hacer.

Viajar ya no es lo mismo que antes, o ¿será que mi manera de verlo ha cambiado con el pasar del tiempo y las repetidas experiencias? La verdad es que el asunto de la seguridad, y las restricciones de lo que puedes o no llevar, le ha quitado parte de la magia de viajar en avión y los aeropuertos son sólo la antesala de unas horas diseñadas para probar tu límite de paciencia. Pero aun así, viajar sigue siendo para mí mi pasión, y no creo que pueda dejar de hacerlo. No importa de dónde venga o cuánto me haya costado llegar, cuando miro hacia afuera mientras espero que salga mi maleta y te veo esperándome con una sonrisa, puedo respirar tranquila. El cansancio se va y las preocupaciones también, porque estoy segura de que llegué a casa.

4 comentarios:

  1. Tiene Brillo, asi que Cinco Chocolatitos!!

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  2. yo le doy 10 chocolates! me gusto! me transporte a algunas esperas, la peor fue cuando viaje por le enfermedad de papi, las escalas se me hicieron eternas y sola!

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  3. Leo tu historia y recuerdo la ves que fui a visitarte y de regreso me dijeron que debía esperar otro vuelo. Qué hago yo en un país extraño, sin saber qué hacer y practicamente sin menudo para llamarte? Ahí descubrí que no soy tan cobarde como creía. Me las ingenié para identificar a una mujer que parecía latina, sólo para no sentirme sola en medio de tanta insertidumbre. jajaja recuerdo que iba calladita en el taxi regreso a tu apartamento, pensando toda clase de cosas cuando el taxista me hacía tantas preguntas sobre mi origen.

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  4. Cuando uno está solo en un lugar extraño, ahí es que hay demostrar quienes somos y cuánto podemos lograr. A veces es difícil, pero no nos queda otro remedio. Ya te imagino allí solita... pero hiciste bien ¡y llegaste!

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