sábado, 12 de junio de 2010

En busca del monte Fuji

El viaje a Japón fue un plan ambicioso, porque la idea original era visitar Tokyo y Kyoto en el mismo viaje, y como no lo conseguimos decidimos quedarnos la semana entera en Tokyo. Pero luego de dar un viaje literalmente hasta el otro lado del mundo, ¿no creen ustedes que valía la pena tratar de ir a ver lo más posible? Que conste que lo intentamos.

Una vez allí, como nuestro hotel quedaba cerca de la estación de tren, decidimos preguntar por los boletos hacia Kyoto. Y ¡que difícil fue para que el hombre nos entendiera! Uno piensa que la gente habla inglés en todos lados, pero Japón me confirmó la idea de que hay lugares que se mueven totalmente independientes de la lengua anglosajona y que manejan la suya sin importarle más. Fue una situación difícil para nosotros porque no nos entendían, pero ¡que bien por ellos! Yo estaba en su país y era mi responsabilidad aprender algo de su lengua, ¿no? Pero bueno, a lo que vamos... Después de usar una cantidad de sinónimos en inglés y de señas para explicar lo que queríamos resultó que los boletos eran súper caros y que Kyoto quedaba muy lejos para hacer el viaje y regresar el mismo día. Y yo que tenía ilusión de ir... ¿sería por ver geishas de verdad como las que imaginé al leer Memorias de una geisha? Quizás ya no existen, fue mi consuelo... iremos a ver la próxima vez.

Pero no nos dimos por vencidos y probamos hacer otro viaje, ir al Monte Fuji. El monte es en realidad un volcán dormido y casi un lugar religioso para los japoneses, porque le atribuyen sabiduría y según dicen un encuentro con él puede cambiarte la vida. Conseguimos boletos en guagua para llegar desde Shinjuku hasta el pueblito de Fuji-Yoshida en las faldas del volcán. Y como nos tardaríamos solo un par de horas en llegar, saliendo temprano, nos quedaba bastante tiempo del día para hacer un poco de excursionismo. Y así íbamos medio dormidos en la guagua, pero llenos de ilusión porque lo habíamos conseguido.

Que decepción sentimos al llegar allí, cuando al preguntar en la única caseta de información a la vista nos encontramos con una señora de avanzada edad que nos dijo que no era temporada, y que los caminos y estaciones del monte estaban cerrados. Así que la guagua que se supone te lleva hasta la 5ta estación tampoco estaba disponible. ¿Qué? No subiríamos, pero estábamos tan cerca que no nos dimos por vencidos. Por eso comenzamos a caminar por las calles empinadas del otro lado del pueblo en dirección a la montaña. La verdad es que actuamos ingenuamente porque el monte está bien lejos. Pero no todo se pierde en un viaje como este y si se mantiene la mente abierta a nuevas opciones siempre se termina con una experiencia que se rememora una y otra vez durante toda la vida.

En nuestro subir, encontramos unas piedras altas en el camino, como lápidas, que se usaban en la antigüedad para marcar la entrada de las posadas para los peregrinos dispuestos a subir al monte. Pero aun no teníamos idea de dónde estábamos. Y tengo que recalcar que estar perdido en Japón, especialmente en un pueblito tan pequeño como este, es realmente una prueba de paciencia y perseverancia porque te sientes vulnerable e impotente. Y preguntar casi es lo mismo que no hacerlo porque no te entienden ni nosotros a ellos. Pero ahora estoy convencida que eso formó parte de la "experiencia". Y cuando casi desfallecíamos del cansancio y de sentirnos perdidos, encontramos un santuario Shinto medio escondido y solitario que tenía unos jardines preciosos.

Este santuario, el Fuji Sengen-jinja, data del año 1615 y era tradicionalmente visitado por los peregrinos para ganar el favor y la protección de los dioses antes de la subida al monte. Haberlo encontrado nos animó bastante, porque no había turistas y teníamos el lugar para nosotros solos.

Pasamos un par de horas entre la subida y la exploración del templo y luego de bajar al pueblo nos dimos una vuelta por el Fujikyu Highland, un parque de diversiones con montañas rusas y todo, pero que para nada justificaba quedarse el día completo. No es que fuera un viaje perdido, pero lo pudimos haber planificado mejor. Caminamos un poco por aquí y por allá y decidimos regresarnos temprano a la ciudad.
Ahí nos tocó hacer de tripas corazones para explicarle al dependiente en la estación de guagua que queríamos regresar antes de la hora marcada en nuestros boletos. La guagua que salía a esa hora estaba por partir y nosotros ¡haciendo señas otra vez! De más esta decir que fuimos los últimos en montarnos, pero estábamos contentos después de todo; hasta de los malos viajes se aprende y este fue definitivamente de aprendizaje para nosotros. Un dicho japonés dice que un sabio sube al monte Fuji una vez, pero que solo un tonto sube dos veces. Yo me voy a hacer la idea de que esta fue mi primera y única... aunque técnicamente no lo subí ni siquiera una vez. Pero en cierta manera puedo decir que el monte Fuji sí cambió algo en nosotros, porque nos enseñó a ser flexibles y adaptarnos mejor a las circunstancias que no podemos controlar, aunque para nada fuera la experiencia religiosa que le atribuyen.

2 comentarios:

  1. jajajajajajajaja, me imagino tu trauma al no poder subir, jajajajajaja. Me rio hasta sola, es que ya te conozco, pero que bueno que llegaste a aquella parte del planeta. Yo quiero ir, pero eso de sentirme impotente con el idioma no me atrae, asi que buscare algo mas cerca :-)

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